viernes, 12 de diciembre de 2008

Merecería ser Verdad XI LA PLANCHADA: Leyenda Urbana


La “Planchada” es una leyenda popularizada en el siglo XX, originada en el antiguo Hospital Juárez-que recibió su nombre en 1872, en memoria del Benemérito de la Américas-, ubicado en las calles de Jesús María y Fray Servando Teresa de Mier, en San Pablo, Centro Histórico del Distrito Federal.
La leyenda que paulatinamente se ha ido propagando, primero a todos los hospitales de la Ciudad de México, sin importar si son públicos, privados o de la seguridad social, y después corre, según cuentan “testigos”, a otros lugares de provincia con lo que tiende a generalizarse como patrimonio de todos los nosocomios de nuestro país.

La “Enfermera Visitante”, como también es conocida esta leyenda, evoca muchas narraciones misteriosas, que giran alrededor de la primera versión, que se ha venido propalando desde mediados del siglo XIX, en la que según internos y trabajadores del Hospital Juárez, han escuchado, sobre todo en las noches, ruidos y sonidos extraños, afirmando que se trata del fantasma de una enfermera, que se desplaza y aparece, por los diferentes pabellones y dormitorios del centro hospitalario.

Es en ese tiempo que nace la leyenda de La Planchada, en un vetusto edificio colonial que data desde la Conquista, cuando Fray Pedro de Gante fundó las cuatro primeras iglesias, una de las cuales fue denominada Parroquia de los Indios de San Pablo, que con motivo de la deleznable invasión norteamericana, fue convertido en un “hospital de sangre” para atender a los heridos de esa desigual guerra. Los primeros soldados que recibieron atención en ese lugar, fueron del Batallón de Padierna, el 23 de agosto de 1847, tres días después de la batalla de Churubusco; Ladislao de la Pascua y Guillermo Santa María, estaban entre los primeros doctores que dieron servicio gratuitamente.

La historia que predomina, es muy conocida por pacientes, familiares, enfermeras, estudiantes de medicina, internos, residentes y médicos: Una enfermera de nombre Eulalia entró a formar parte del personal del hospital, y en poco tiempo se ganó la simpatía y el afecto del personal médico y administrativo. La joven enfermera era de buena presencia, y vestía su ropa siempre con una blancura impecable, y muy bien almidonada y planchada.

Era entregada a su vocación por atender a los pacientes. En una ocasión el Director del hospital llamó al personal porque iba a presentar a un médico de nuevo ingreso, sin embargo ella no pudo acudir al llamado porque se encontraba atendiendo a un paciente. El médico recién llegado se llamaba Joaquín, era joven y recién egresado, y después de un corto tiempo en el hospital se rumoraba que era orgulloso y envanecido. Cierto día se le encomendó a la enfermera Eulalia que auxiliara al Doctor Joaquín, quien iba a extraer una bala a un paciente que llegaba de urgencia.

Dicen que Eulalia quedó impactada al conocer al Dr. Joaquín, y que después de colaborar con el mencionado médico no dejaba de hablar de sus ojos y de lo bien parecido que era. A pesar de que muchas personas le recomendaron que no se enamorara del galeno, en poco tiempo se hicieron novios, aunque la relación no era equitativa: ella le entregaba todo su amor y él era fanfarrón, y coqueteaba con otras enfermeras.
Pasaron meses e incluso más de un año, y el Doctor Joaquín le dijo que se casarían. Ella se emocionó mucho y comenzó a ilusionarse con la boda.Un día, él le pidió que le guardara un traje de etiqueta porque iba a ir a una elegante recepción al día siguiente. Ella accedió, y así al otro día el la visitó en su casa, donde se cambió y al terminar conversaron un rato. Eulalia le comentó que había olvidado mencionarle que a la mañana siguiente iba a salir temprano de viaje pues tenía un seminario al norte del país que duraría 15 días.

A la enfermera Eulalia le pareció raro que no le hubiera mencionado nada Joaquín acerca del viaje con anterioridad, pero le deseó buen viaje y se despidió de él.

A la semana, ella ya lo extrañaba mucho, y un enfermero del hospital conversó con ella y le confesó que tenía interés de que ella lo acompañara a una fiesta, pero ella le dijo que no podía hacerlo, pues estaba comprometida con el Doctor Joaquín, a lo que él le respondió que cómo iban a estar comprometidos si él se acababa de casar y estaba en su viaje de bodas, además que había renunciado a su trabajo y se iba de la ciudad.

La enfermera Eulalia, de singular belleza, no pudo evitar sumirse en una profunda depresión por el engaño en el que había sido víctima. Dicen que comenzó a llegar tarde al trabajo, descuidó a algunos enfermos, e incluso hay quienes mencionan que se le llegaron a morir por su desatención. Pasó el tiempo, y ella cayó en cama por una enfermedad que la llevó más tarde a la tumba, en el mismo hospital donde trabajaba.

Fue tal su negligencia, que cuando falleció fue condenada a vagar por los hospitales, cuidando que los enfermos que están ahí, se encuentren bien, en castigo a tal crueldad que tenía con los mismos cuando vivía. Por eso asiste a los pacientes y enfermeras en las horas de mayor problema, en las guardias de noche.

Poco tiempo después empezó a verse la mujer en el hospital, pero el personal médico y de enfermería, solo sabía de ella por referencia de los pacientes hospitalizados, mencionando que acudía una enfermera a darles su medicamento o a tomarles sus signos vitales, siempre mencionan a una enfermera impecablemente bien aseada, que los atendía de buena manera, procurando de esta manera enmendar el error que alguna vez hizo a los pacientes.

Se le empezó a llamar la “planchada” porque llevaba siempre su uniforme bien planchado, cofia, zapatos lustrados impecables, tanto así que llamaba la atención de los que la veían, una variante de la historia, es que parece que volaba porque nadie nunca pudo verle los pies.

Se dice que la enfermera no es mala, por el contrario, ayuda a sus compañeras de oficio a atender a los pacientes; cuando hay exceso de trabajo y el personal es escaso, cuando por cansancio algunas enfermeras se quedan dormidas, al despertar se encontraban con la novedad de que ya habían sido atendidos los enfermeros por una enfermera que nadie conocía. En una ocasión, una paciente mencionó que una enfermera vestida con ropa muy bien almidonada había ido durante la noche a darle unas pastillas.

El día de hoy todavía sigue escuchándose de vez en cuando que alguien comenta sobre una visita de la enfermera, con su vestido largo, blanco y perfectamente almidonado, con ropaje similar al usado en el Virreinato; hermosa, de pelo rubio, seria, pero sobre todo estricta, caminando erguida por los pasillos. Es común en los hospitales encontrarse con el paciente que dice haber recibido ya su medicamento de parte de otra de las enfermeras, cuando hay una sola a cargo del piso. Hay ocasiones en que las enfermeras del turno de la noche, al hacer guardia se han quedado dormidas, y precipitadamente las han despertado sintiendo un golpe con la palma de la mano en sus cabezas. Estas, al despertar, no ven a nadie a su alrededor, solo los largos y viejos pasillos, quietos en la mitad de la noche.

Tal ha sido la fama de La Planchada, que en 1976, personal del Hospital Juárez, en la XXII Asamblea Nacional de Cirujanos presentó el siguiente poema:

Fantasmal enfermera que lucía
impoluto uniforme almidonado,
con gran esmero, y con primor planchado,
en el viejo hospital se aparecía.

A los pacientes atendía,
con eficiencia y especial cuidado,
si en nocturno bregar, rudo y callado,
agobiada enfermera se dormía.

¿Quién era esa mujer?;
¿era alma en pena?
¿era flor por la vida desechada?
¿qué así purgaba singular condena?

Merecería ser verdad que cada hospital contara con el auxilio de la eficiente “planchada”, pero me pregunto ¿cuál es el límite de planchadas posible, para que todo el sistema de salud pasado, presente y futuro se vea beneficiado con tan singular personaje? Afortunadamente es solo una leyenda, que con la multitud de testigos que la avalan, terminarán desdoblándola en miles de versiones hasta que desaparezca. ¿Y ustedes que opinan?.

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