martes, 11 de septiembre de 2007

IMÁGENES Y SONIDOS DE LOS JAIME VILLASEÑOR 037 PAPÁ MARIO (1920-1984): La gota que cae


Desde siempre pensé que la característica más conspicua de mi padre era la constancia, por eso mucho lo admiraba, porque no era de una efervescencia momentánea, sino que sus acciones eran persistentes y de largo aliento, en este aspecto coinciden conmigo, mis hermanos y mi madre, porque su fortaleza era su consistencia.

Lo comparaba con la potencia de la gota que cae constantemente y que en impactos mínimos logra resultados máximos, al grado que la suma de gotas, son capaces de perforar los huesos de un cráneo, por supuesto, combinando paciencia, precisión y tenacidad.

En síntesis, no solo tenía iniciativa, sino también tenía “acabativa”, como queda ejemplificado en la eficacia de todas y cada una de las metas que se propuso. No anunciaba que iba a hacer, simplemente lo hacía sin importar lo grande de los valladares a vencer pues fijaba un objetivo y lo lograba.

Cuando, cada agosto, observaba yo, que los pintores daban “unas manos” al blanco zaguán de la entrada de nuestra casa, inmediatamente recordaba que estaba muy cerca su cumpleaños, pues ese era el único homenaje que se auto infringía.

Efectivamente, septiembre fue el mes que marcó su biografía, ya que el Doctor en Derecho Mario Jaime Palacios, nació en México, Distrito Federal, el 21 de septiembre de 1920 y murió el 14 del mismo mes, en la misma ciudad, pero en el año de 1984.

En este XXIII aniversario luctuoso, los hermanos Jaime Alarid y su viuda, hemos querido recordarlo, con todo el cariño que le tuvimos y manifestando que aún no llenamos el vacío que dejó su prematura partida, pues como dice Mamá Tete “quisiera que estuviera aquí”.

Sabemos que en sus años infantiles gustó de criar borregos, conejos y patos; que en su temprana juventud incursionó en la política, cuando su padre fue nombrado Oficial Mayor del Congreso de Durango y él, con solo 16 años, asumió como tesorero del Municipio de Guadalupe Victoria, en donde practicó fútbol y basketbol.

En un intempestivo regreso a la Ciudad de México, para radicar definitivamente, inmediatamente conoció a mi madre que era una adolescente, instantáneamente la conquistó por atento y cariñoso, por formal y serio.

Fue un hombre ejemplar, de gran ingenio, primero estudió contabilidad, después al regresar a la ciudad capital terminó la preparatoria y estudió la licenciatura en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, ayudándose a financiar su carrera impartiendo clases contables e ingresando al ejército, en donde fue Teniente.

Exigente en el trabajo, puntual, perfeccionista, reconocido en el ámbito judicial y querido por sus jefes y colaboradores, tecleaba la máquina mecánica de escribir con gran velocidad y sin equivocaciones, su caligrafía de primera a todos impresionaba.

No tenía en su trato distingos sociales, no humillaba a los humildes ni se humillaba ante los soberbios, para todos gustaba que simplemente lo llamaran Mario y se despojaba sin problemas de sus títulos nobiliarios profesionales.

Aunque buen abogado, conocedor del derecho, hábil y resolutivo, fue también un ingeniero de corazón, siempre estaba construyendo y los albañiles con él, no eran eventuales, ya que prácticamente trabajaban de planta y le decían “maistro licenciado”.

No obstante que inició su carrera profesional a los 25 años, casado y con un hijo, al tener cuatro hijos, se graduó de licenciado en Derecho, y con seis hijos, alcanzó el Doctorado, lo que significa que llegó al máximo peldaño académico, pues siempre fue un luchador invencible.

Su excelente humor y cariño desmedido hacia sus hijos, estaba siempre presente, era bonachón, muy alegre, juguetón y bromista. Cuando jugaba pokar, bastaba con que tuviera un as, para ir con todo hasta el final. Siempre reía y sus carcajadas eran peculiares, lástima que nadie las heredó.

Nunca llegó a entender plenamente el fútbol americano, pero como patriarca que era, lo usaba como pretexto para congregar a sus retoños. Con tal de convivir con sus hijos, era capaz de convocar a todos a compartir su cama y ver por televisión las finales de la liga americana y nacional profesional, dejando una tradición que persiste hasta la fecha, ver juntos el superbowl.

También era folklórico, era proverbial que al vestir parecía una caja fuerte, pues nadie entendía sus combinaciones, gustaba de ataviarse a la usanza del Chicago de los fabulosos veinte, con camisa negra y corbata blanca.

Reconocido universalmente como buen hijo, buen hermano, buen abuelo y buen suegro, cada uno de sus hijos, nietos y de sus nueras, tienen un magnífico recuerdo al respecto. Como padre el mejor que pudimos tener, pues además de cariñoso nunca tuvo reservas para ofrecernos todo lo que tenía.

Dedicado a su familia, fue defensor a ultranza de sus vástagos, su ala protectora alcanzó para la prole entera, todos recibimos al menos un ladrillo y/o una parcela de tierra, fue un previsor y profeta, proveyéndonos de oportunidades de desarrollo y a cambio nos decía “tu trabajo es estudiar”.

Fue profesor de Geografía en la Escuela Nacional Preparatoria, juez en Chilpancingo, Guerrero y Agente del Ministerio Público en Acapulco, en el mismo estado.

En el Distrito Federal primero litigaba y después trabajó en la judicatura, literalmente, hasta el último día de su vida, pues del juzgado pasó al hospital y de ahí al Panteón Jardín. No se dejó vencer por la muerte, hasta que Rodolfo, nuestro hermano, regresó de su maestría en Colorado, Estados Unidos y tuvo la decencia de morir un viernes, antes de un prolongado puente de vacaciones, para que ninguno de sus hijos faltara a su trabajo.

Para seguir recordándolo, oficiaron una misa en su memoria, asistiendo sus más profundos dolientes.


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1 comentario:

Anónimo dijo...

Te felicito Beto, haz elaborado una magnífica biografía de nuestro querido padre.

Saludos de Rodolfo.